Mayo, julio, agosto y septiembre de 2026. Cuatro travesías a un volcán en mitad del mar, cuatro tripulaciones distintas y ningún chiringuito.
Hay sitios a los que vas una vez para tacharlos de la lista. Y hay sitios a los que vuelves porque te llaman. Las Columbretes son de los segundos. Este año he ido cuatro veces, y si no he ido más es porque el tiempo y el trabajo no me han dejado.
Allí no hay nada. Ni bares, ni tiendas, ni cobertura que merezca ese nombre. Solo roca volcánica, agua transparente, gaviotas con mucho carácter y un faro. Y, precisamente por eso, lo tienen todo.
Treinta y tantas millas hacia ninguna parte
Desde Burriana hay unas 35 millas. Lo justo para que la costa desaparezca a popa y durante un buen rato no veas nada más que mar, como si hubieras zarpado hacia ninguna parte. Y de pronto, en el horizonte, asoma una mancha oscura con un punto blanco encima: la Illa Grossa y su faro.
En julio salimos de madrugada. Uno de los tripulantes se quedó dormido en la bañera, envuelto en una manta, y se perdió lo mejor: las islas recortándose contra el amanecer, negras sobre un cielo naranja. Se lo contamos al despertar. No nos creyó hasta que vio las fotos.
Esa llegada, con el sol saliendo detrás del volcán, ya justifica el viaje. Lo que viene después es propina.
La isla de las serpientes
Las Columbretes son lo que queda de un volcán. La Illa Grossa se formó en cuatro erupciones, hace entre un millón y trescientos mil años, y todavía se nota: el cráter está ahí, medio hundido en el mar, como una taza rota. En realidad son varios cráteres, y uno de ellos se abrió hacia el agua dejando una bahía en forma de herradura donde hoy amarran los barcos.
El nombre tiene su miga. Los griegos las llamaban Ophiusa y los romanos Colubraria: «la isla de las serpientes». No era propaganda turística al revés: había víboras, y muchas. Desaparecieron a finales del siglo XIX, cuando los primeros habitantes del faro quemaron parte de la vegetación y trajeron animales de granja. Las víboras ya no están, pero que nadie baje la guardia: quedan alacranes que, sin ser mortales, cuando pican duelen de verdad. Así que, en tierra, mira dónde pones las manos y dónde te sientas. Lo demás es pura inofensividad: unas lagartijas autóctonas que te miran desde las piedras como si el intruso fueras tú, que lo eres.
Y es que las Columbretes son una pequeña arca de Noé. Tantos miles de años aisladas en mitad del mar han dado como resultado varios endemismos, animales y plantas que no encontrarás en ningún otro sitio del mundo. Pero lo mejor está debajo del agua. Con unas gafas y un tubo basta para asomarse a un acuario que parece de documental: fondos volcánicos, agua de una transparencia que asusta y una vida marina espectacular, fruto de más de tres décadas de reserva. He hecho snorkel en muchos sitios, y pocos se le acercan. Es un lugar fantástico, de esos que tienen un encanto difícil de explicar y muy fácil de recordar.
A mediados del XIX se construyó el faro, y con él se acabó que los contrabandistas usaran las islas como escondite. Desde 1988 son parque natural, y desde 1990, reserva marina. Ahora las cuidan unos guardas que viven allí por turnos de quince días y que, si se lo pides, te enseñan la isla gratis y te cuentan todo esto mucho mejor que yo.
Amarrar en la olla
En las Columbretes no se puede fondear: está prohibido para proteger el fondo. A cambio, hay boyas. Las más codiciadas están dentro del cráter de la Illa Grossa, en esa herradura de roca que parece el sitio más abrigado del mundo.
Parece. Dentro de la olla, el mar que entra rebota contra las paredes del cráter y vuelve, y se arma un baile de olas cruzadas que pone el barco a cabecear como si tuviera hipo. Lo aprendí de la forma en que se aprenden estas cosas: pasando una noche movida.
El truco está en las boyas de la parte de atrás de la isla. Al quedar fuera del cráter, allí se está mucho más cómodo. Y tienen un premio añadido: desde ahí se ven unas puestas de sol alucinantes, con el sol cayéndose al mar sin nada que se interponga hasta la península.
Cuatro visitas, cuatro tripulaciones
Este año he ido cuatro veces, y cada vez con gente distinta. Esa es la gracia de compartir gastos: el barco es el mismo, el capitán es el mismo, pero la isla nunca sale igual porque los ojos que la miran cambian.
Mayo, la de estreno. Llegamos con el sol alto y la tripulación con más hambre que miedo. Esa noche el Truhán hizo de restaurante: pescado envuelto en papel de aluminio, la cocina del barco a pleno rendimiento y alguien preguntando, muy serio, si en alta mar el pescado sabe a más pescado. No supe qué contestar, pero no sobró nada. A la mañana siguiente subimos al faro, nos hicimos la foto de rigor en lo alto del cerro, con el cráter a nuestros pies, y desde arriba vimos a un velero vecino, el Argos, que nos saludaba con la misma cara de privilegiados que teníamos nosotros.
Julio, la del amanecer. Salimos de noche para llegar con la primera luz, y mereció la pena: las islas fueron apareciendo como recortadas en papel negro sobre un cielo naranja. Esa mañana alguien estrenó el paddle surf dentro de la olla, otro descubrió que los cojines de la bañera son el mejor colchón del Mediterráneo, y no volvió a dar señales de vida hasta la hora de comer.
Agosto, la del atardecer. Amarrados en las boyas de atrás, con el sol hundiéndose detrás de las rocas, entendí por qué hay gente que se queda a vivir en un barco. Y a la vuelta, en mitad de la nada, paramos motor, nos pusimos las gafas de buceo y nos tiramos al agua. Bañarse en alta mar, con cientos de metros de azul debajo de los pies, es una mezcla rara de vértigo y paz. Nadie quería subir.
Septiembre, la del arroz. El mar ya más tranquilo, el agua todavía templada y un arroz hecho a bordo que, dicho sea con toda la modestia del mundo, habría aprobado cualquier abuela de Burriana. Navegar, nadar, comer y volver a nadar. No hace falta más.
Cuatro grupos, cuatro maneras de vivir la misma isla. Lo que se repite siempre es el momento de la vuelta: ese silencio a bordo cuando las Columbretes se van haciendo pequeñas por la popa y cada uno se guarda algo para sí.
La próxima, con mi hijo
Hay alguien que lleva todo el año oyendo hablar de las Columbretes y todavía no las ha pisado: mi hijo. Cada vez que vuelvo me pregunta lo mismo, «¿y cuándo me llevas?», y cada vez le prometo que la próxima. Pues ya está decidido: la próxima visita a la isla de las serpientes será con él. Quiero verle la cara cuando el cráter aparezca en el horizonte y entienda que su padre no exageraba tanto.
Y para quien prefiera no alejarse tanto de la costa, el Truhán tiene otros rumbos a mano: Peñíscola al norte, con su castillo sobre el agua, o Sagunto y Valencia al sur. Pero si me preguntas a mí, no hay nada como poner proa a mar abierto, ver desaparecer la costa por la popa y esperar a que, entre la bruma, asome un volcán dormido en mitad del Mediterráneo.
— Narciso, capitán del Truhán