Una bahía en calma, un castillo templario de testigo, una botella de Moët y tres invitados de lujo: Eolo, Poseidón y Dios. Esta es la tarde en que mi velero dejó atrás su pasado y empezó a llamarse Truhán.
Un barco con pasado
Mi velero no nació conmigo. Lleva navegando desde 1998, que en años de barco es una vida entera: otros dueños, otros puertos, otras tormentas y, sobre todo, otro nombre. Y aquí viene el problema.
Entre marinos hay una superstición que nadie se toma a broma, ni siquiera los que dicen no creer en nada: cambiarle el nombre a un barco trae mala suerte. Poseidón, dicen, lleva un registro de todas las embarcaciones que surcan sus aguas, y no le gusta nada que le cambien los papeles sin avisar. Si lo haces por las bravas, se lo toma como algo personal. Y uno no quiere tener a Poseidón de morros cuando está a treinta millas de la costa.
La solución es tan antigua como el mar Egeo: una ceremonia. Se despide con respeto el nombre viejo, se presenta el nuevo a los dioses y se les invita a una copa, de la buena, porque los dioses no se conforman con cualquier cosa. Yo no soy especialmente supersticioso, pero tampoco soy tonto. Así que decidí hacerlo como mandan los cánones. Del nombre anterior no diré nada: Poseidón ya lo ha olvidado, y yo también.
Fondeados frente al espigón
El lugar lo elegí con cuidado. Iba a ser nuestra primera visita a Peñíscola con el barco, y pocas cosas tiene la costa de Castellón tan bonitas como esa peña con su castillo templario metida en el mar. Si había que presentarle un barco a Poseidón, mejor hacerlo en un sitio con categoría.
La víspera salimos de Burriana con el gennaker desplegado, esa vela enorme y panzuda que convierte cualquier travesura de viento en una fiesta. Viviana y yo, solos. Sin tripulación, sin prisas, sin más plan que llegar. El 26 de junio amanecimos fondeados en la ensenada que hay frente al puerto, a un tiro de piedra del espigón, con el agua quieta como un plato y el casco antiguo dorado por el sol.
Fue uno de esos días que parecen encargados a medida. Ni una ola, ni una nube, ni una mala noticia en el móvil. Pasamos la jornada entre baños, siestas y paseos, y conforme caía la tarde fui notando ese cosquilleo que se tiene antes de algo importante. Porque, por mucho que me lo tomara con humor, aquello para mí iba en serio.
El discurso
A eso de las ocho y media me puse de pie en la bañera, descalzo, con camisa de rayas, gafas de sol y la solemnidad de un almirante. Viviana, cámara en mano, hacía de público, de reportera y de notario. Yo llevaba el discurso preparado en el móvil, como los políticos, aunque luego improvisé como los malos actores. Esto es, más o menos, lo que dije:
Hola a todos. Hoy es un día especial. Aquí, en medio de la bahía de Peñíscola, un sitio precioso y en un día espectacular, ideal para bautizar mi velero.
Mi velero navega desde 1998 y hoy deja atrás su pasado, lo digo con mucho respeto. Hoy inicia una nueva historia que espero esté llena de aventuras, vivencias y libertad. Doy la bienvenida al TRUHÁN.
Así que, tal como mandan las tradiciones marineras, haré un brindis para asegurar buenas travesías en adelante.
Primero, el que manda en las velas:
A Eolo, señor de los vientos: te invitamos a esta copa. Sopla a nuestro favor para llevarnos a buenos lugares y, si alguna vez nos metemos en líos, haznos el favor de empujarnos rápido a puerto.
Y ahí fue el primer chorro de champán por la borda. Me dolió un poco, para qué engañarnos: era Moët. Pero con los dioses no se escatima. Luego, el que manda en todo lo demás:
A Poseidón, el gran jefe del azul: acepta este trago. Te presentamos al Truhán. Haznos la vista gorda cuando hagamos un poco de ruido en los fondeos, mándanos mares tranquilos y, sobre todo, no nos agites mucho las copas en la bañera.
Segundo chorro al mar. El agua ni se inmutó, que es exactamente lo que uno espera de Poseidón cuando está de buenas. Y por último, el que para mí va por encima de todos:
Y a Dios, nuestro auténtico capitán: acompáñanos en cada milla. Danos salud para disfrutar de la aventura, paciencia para las averías y libertad para ser unos auténticos truhanes de buen corazón.
¡Larga vida y buena proa al TRUHÁN!
Brindis general. Choque de copas. Y en ese momento, lo juro, una gaviota pasó por encima del palo. Yo decidí tomarlo como el visto bueno del Olimpo.
Cena de gala a bordo
Un bautizo sin banquete es un trámite, y nosotros no habíamos venido a hacer trámites. Viviana y yo montamos en la mesa de la bañera una cena que habría hecho sonrojar a más de un restaurante del paseo: tartar de atún, melón con jamón, unos aperitivos para ir abriendo boca y, presidiendo la mesa como un invitado de honor, la botella de Moët, ya algo más ligera después de la ronda a los dioses.
Nos sentamos en la popa, justo al lado del nombre recién estrenado, a ver cómo el sol se iba escondiendo detrás de Peñíscola. Selfi con el pulgar arriba, beso a cámara, risas, y esa sensación tan rara y tan buena de que el barco, por fin, era nuestro del todo. No solo en los papeles: también ante los dioses.
Fue una fiesta pequeña, de dos, y precisamente por eso fue perfecta. Hay celebraciones que necesitan cien invitados y otras que solo necesitan una bahía en calma y la persona adecuada al lado.
La botella, por cierto, sigue a bordo. Vacía, eso sí, pero en su sitio, como un amuleto. Cada vez que la veo me acuerdo de aquella tarde y de la promesa que le hice al mar. Y de momento, toco madera, Poseidón está cumpliendo su parte del trato.
— Narciso, capitán del Truhán