La proa del Truhán al atardecer frente a Sa Foradada, Mallorca

Ibiza, Formentera y Mallorca · julio-agosto 2026

Quince días por Baleares

Del 26 de julio al 15 de agosto de 2026. Burriana, Ibiza, Formentera, Mallorca, el Delta del Ebro, Peñíscola y vuelta a casa. Seis tripulantes a la ida, dos a la vuelta y un barco que aguantó más que todos.

Hay viajes que se planean y viajes que se sobreviven. Este empezó siendo de los segundos y acabó siendo, sin ninguna duda, el mejor verano que ha vivido el Truhán.

Éramos seis: mi hijo, mi pareja, sus dos hijos y yo, más un amigo de la familia que se nos unía en Ibiza. Una tripulación con más ganas que millas, muchas mochilas y la firme convicción de que en Baleares en julio todo es sol, agua turquesa y gin-tonic al atardecer.

El Mediterráneo, que tiene su sentido del humor, decidió empezar por otra cosa.

Olas de tres metros y un refugio con nombre de conejo

Salimos de Burriana con el barco cargado hasta la bandera y el parte prometiendo un cruce «movido». En el idioma de los partes, «movido» puede significar cualquier cosa. Esta vez significaba olas de tres metros durante horas.

El Truhán subía cada ola con la calma de quien ha visto cosas peores y bajaba con un golpe seco que retumbaba en todo el casco. Abajo, las mochilas cambiaban de sitio por su cuenta. Arriba, la tripulación descubría que el mar, visto desde la bañera, se parece poco al de las postales.

Cuando por fin apareció Ibiza en el horizonte no hubo gritos de alegría: hubo un silencio de puro agotamiento. Nos metimos en el abrigo de Sa Conillera, el islote cuyo nombre significa, literalmente, «conejera», y echamos el ancla como quien se quita unas botas que le aprietan desde hace catorce horas.

La noche más larga: Cala Tarida

Al día siguiente teníamos que recoger al séptimo tripulante y la previsión anunciaba mal tiempo. Así que hicimos lo que dicta el sentido común náutico: salir antes de que llegara. El sentido común náutico, a veces, se equivoca de cala.

Fondeamos en Cala Tarida. Sobre el papel, una cala preciosa. En la práctica, aquella noche fue una coctelera. El barco se movía con una violencia que no había sentido nunca fondeado: bandazos a un lado, cabezadas al otro y, entre medias, ese ruido de cosas rodando por los armarios que todo patrón conoce y ninguno soporta.

Nadie dormía. Yo, menos que nadie. A las tantas, con más de veinticuatro horas sin pegar ojo, tomé la decisión más sensata del viaje: «Hasta aquí». Levé el ancla de noche y pusimos rumbo al sur, dejando a estribor la silueta de Es Vedrà, ese peñón que parece puesto ahí para impresionar a los turistas y que, de madrugada y con sueño, impresiona todavía más.

Pasamos por delante de Cala Llentrisca y echamos el ancla en Es Cubells, y el Truhán se quedó quieto por primera vez en dos días. Dormimos como piedras. Al día siguiente llegó nuestro amigo, nos bañamos, comimos, volvimos a bañarnos. Y entonces, por fin, empezaron las vacaciones.

Formentera: la cueva y la dinghy remolcadora

Cruzamos Es Freus, el estrecho entre Ibiza y Formentera, y seguimos hacia el otro lado de la isla, una costa por la que yo no había navegado nunca. Hay algo especial en llegar a un sitio nuevo con tu propio barco: no hay folleto ni guía, solo la carta, la sonda y la curiosidad.

Agua turquesa al pie de los acantilados de Formentera
Formentera, sin retoques

Fondeamos en Es Caló de Sant Agustí, al pie de La Mola, con el agua de un turquesa que parece retocado y una cueva que se abría en la roca como una boca de piedra. Los chavales la exploraron a nado, en tabla y de todas las formas posibles menos con calma.

Y entonces descubrí mi verdadera vocación: remolcador. Los chicos se subían a la tabla de paddle surf y yo los arrastraba con la dinghy, a todo gas, entre gritos, caídas y carcajadas. Ningún curso de patrón te prepara para eso. Al atardecer nos juntamos todos en la popa para ver cómo el sol se hundía en el mar, en una de esas fotos que no hace falta retocar.

La tripulación en la popa del Truhán viendo el atardecer en Formentera
Toda la tripulación, al atardecer

El norte de Ibiza: un ancla tozuda, un vecino con prisas y amigos inesperados

Subimos pasando entre Tagomago e Ibiza y nos quedamos una noche en una cala perdida: sin cobertura, sin casas, sin nadie. Solo nosotros y un catamarán fondeado al lado, como dos desconocidos que comparten banco en un parque. Fue una de esas noches en las que el silencio pesa de lo bonito que es.

En Portinatx, el ancla decidió que no le apetecía clavar. Primer intento, nada. Segundo, nada. Al tercero, el capitán decidió que él tampoco tenía tantas ganas de quedarse, y nos fuimos a Cala Xarraca. Mejor decisión imposible: una cala preciosa, que vista desde el dron parece una acuarela.

En el chiringuito de Xarraca pasó algo que solo pasa en el mar. Empezamos a charlar con Bruno y su pareja, en la mesa de al lado, y resultó que tienen el barco amarrado en Burriana, igual que nosotros. Cientos de millas para conocer a los vecinos. Desde entonces, amigos.

El Truhán fondeado en el norte de Ibiza
Fondeados en Ibiza

En Benirràs y Cala Sant Miquel no cabía un barco más. Allí vivimos el clásico duelo de fondeo: un vecino que, habiendo levado él el ancla, pretendía que fuéramos nosotros los que nos marcháramos. Hubo miradas, algún gesto y mucha diplomacia náutica. Al final, cada uno a lo suyo y aquí no ha pasado nada.

En Cala d'Aubarca exploramos las dos cuevas, una a cada extremo de la cala. En la del oeste me metí con mi hijo, nadando hacia la penumbra. Era tan bonita que, por un momento, nos costó encontrar la salida. Hay recuerdos que se te quedan para siempre, y este, con él, es uno de ellos.

Sant Antoni: despedidas y un cruce en conserva

Fondeamos frente al espigón de Sant Antoni y, como si el Mediterráneo fuera un pueblo pequeño, allí estaban otra vez Bruno y su pareja. Esta vez con un fichaje: Tristán, otro navegante de Burriana, dueño del Saxofonía, bautizado así porque su armador toca el saxo. Es un North Wind Mistral 40: un queche de dos palos, de astillero español, de esos barcos que te hacen girar la cabeza en el puerto. Confieso que me lo quedé mirando más rato del que es educado.

Los chavales se fueron a recorrer Sant Antoni por su cuenta, y al día siguiente comimos todos juntos en un chiringuito a pie de playa, una de esas comidas largas que sabes que vas a echar de menos en cuanto se acaben. Después, ellos se bajaron del barco y cogieron el avión a la península. El Truhán, de repente, parecía enorme.

Mi pareja y yo nos quedamos solos y cruzamos a Mallorca en conserva con Tristán. El cruce fue un resumen de la vela mediterránea en verano: salimos a motor, sacamos velas, el viento aflojó y subimos el gennaker, el viento se murió del todo y volvimos al motor. Mitad navegando, mitad escuchando el «pum, pum, pum». Unas millas antes de llegar, cada barco tomó su rumbo, con un saludo por la radio.

Mallorca: de Sant Elm a Sa Calobra

Recalamos en Sant Elm, con la Dragonera enfrente, y pasamos allí un par de noches. Algo de mar de fondo por la noche, de ese que te mece y te recuerda que estás en un barco, pero nada que ver con la coctelera de Cala Tarida. Después de aquello, cualquier fondeo nos parecía un colchón de hotel.

Subiendo por la costa de la Tramuntana fondeamos frente a Sa Foradada, esa península con un agujero en la roca que parece hecho a propósito para enmarcar el atardecer. La luz se puso naranja, luego rosa, luego de un color que no tiene nombre. Desde la proa del Truhán, con una copa en la mano, entendí por qué la gente se gasta lo que no tiene en tener un barco.

El Truhán fondeado entre las paredes de roca de Sa Calobra
El Truhán en Sa Calobra

Al día siguiente comimos en un restaurante colgado en mitad de la ladera, tan escondido que las provisiones les llegan en todoterreno por un camino de cabras. Desde su terraza rústica, con el mar a los pies, veíamos el Truhán fondeado unos cuarenta metros más abajo, como un barquito de juguete. No es barato, pero se come divinamente y es uno de esos sitios que no se olvidan.

En la bahía de Sóller fondeamos entre decenas de veleros, con el pueblo encendiéndose de noche como un belén. Y luego Sa Calobra: paredes de roca que caen a pico sobre un agua tan clara que el ancla se ve desde cubierta. Pasamos allí un par de días sintiéndonos pequeños, que es una sensación muy sana de vez en cuando. Volvimos a Sóller para despedirnos de Mallorca como se merece: paseo, buena mesa y hasta un viaje en el tren de madera.

La bahía de Sóller de noche, con el pueblo iluminado
Sóller, de noche
Sa Calobra vista desde lo alto de los acantilados
Sa Calobra desde arriba

El regreso: un eclipse, un roce, una llampuga y 47 nudos

De Sóller pusimos rumbo al Delta del Ebro, porque el 12 de agosto el sol tenía una cita con la luna y nosotros, sin saberlo del todo, teníamos entradas de primera fila. Esa historia tiene crónica propia; baste decir que se me pusieron los pelos de punta.

Del Delta fuimos a Peñíscola con un mar como un plato, mitad a vela y mitad a motor. Al acercarnos al espigón para fondear, muy despacito, noté ese «frrrr» que ningún patrón quiere notar: la orza acariciando el fondo. Lodo y arena, cero daños y una lección gratis: frente a Peñíscola hay menos agua de la que parece. Pasamos dos noches allí, cenamos en el casco antiguo y subimos al castillo que levantaron los templarios y donde el Papa Luna se atrincheró contra media cristiandad. Tozudo, el hombre. Me cayó bien.

En el último tramo, de Peñíscola a Burriana, picó una llampuga. Precioso animal, verde y dorado, que acabaría en el horno del Truhán, ya amarrados en Burriana, como colofón de las vacaciones. No hay restaurante que lo iguale.

El capitán con la llampuga recién pescada
¡Llampuga a bordo!
Temporal de 47 nudos frente a la escollera de Burriana
47 nudos en Burriana

Y entonces el Mediterráneo, que había empezado el viaje con olas de tres metros, quiso despedirse a lo grande. Llegamos a Burriana, amarramos, y justo en ese momento se desató el infierno: 47 nudos de viento, el agua blanca y los barcos que aún estaban fuera dando bandazos frente a la escollera. Nosotros lo vimos desde tierra, con los cabos bien firmes y una sonrisa de oreja a oreja. Hay que saber llegar a tiempo. Y, sobre todo, hay que tener suerte.

— Narciso, capitán del Truhán

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